“El rebozo sigue vivo porque quienes lo elaboran transmiten sus saberes y también encuentran nuevas formas de crear”, afirmó la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, al destacar el trabajo de artesanas y artesanos que mantienen vigente una prenda en la que convergen siglos de historia, identidad y conocimientos transmitidos entre generaciones.
En el marco del Día del Rebozo, que se celebra el 29 de septiembre en el Estado de México, la Secretaría de Cultura federal destacó las acciones emprendidas para conservar y difundir este patrimonio textil, pero también para abrir espacio a nuevos diseños, materiales y formas de uso.
Más que una pieza de indumentaria, el rebozo ha acompañado distintos momentos de la vida cotidiana en México: es utilizado por parteras durante el embarazo, para cargar bebés y transportar objetos, como prenda para cubrirse y también como elemento ceremonial.
“Nuestra responsabilidad es respaldar ese trabajo colectivo y reconocer a todas las manos que participan en él”, señaló Curiel de Icaza.
Una tradición con siglos de historia
El origen exacto del rebozo mexicano no está plenamente establecido. Especialistas han rastreado antecedentes en prácticas textiles anteriores a la llegada de los españoles y posibles influencias incorporadas durante el periodo colonial.
Antes de la Conquista, las mujeres ya hilaban algodón y otras fibras, empleaban tintes y confeccionaban huipiles, enredos, quechquémitls y paños mediante telares de cintura. Algunas de estas piezas rectangulares servían para cubrir el cuerpo o cargar objetos y niños.
Fue durante el periodo novohispano cuando se consolidó la forma que actualmente permite identificar al rebozo: un lienzo rectangular, largo y estrecho, con extremos en los que parte de la urdimbre queda libre para realizar el empuntado. Markdown pegado
A finales del siglo XVIII ya era utilizado por mujeres de diferentes grupos sociales y, durante el siglo XIX, se consolidaron importantes centros productores en Colima, Estado de México, Guanajuato, Guerrero, Jalisco y Michoacán.
De las soldaderas a símbolo de identidad mexicana
Durante la Revolución Mexicana, las soldaderas utilizaron el rebozo para protegerse, transportar víveres y cargar objetos, lo que reforzó su asociación con la participación de las mujeres en ese periodo histórico.
Posteriormente, la prenda pasó a formar parte de la construcción visual de la identidad nacional. La pintura, el cine, la música y la cultura popular incorporaron la imagen de la mujer con rebozo como representación de maternidad, trabajo, vida campesina y pertenencia.
Pero detrás de cada pieza existe una compleja cadena de trabajo artesanal. El hilo debe devanarse y urdirse; en los rebozos jaspeados, el diseño se proyecta sobre la urdimbre, que posteriormente es amarrada, teñida y desatada antes de comenzar el tejido y elaborar las puntas.
Dependiendo de la región, se incorporan además brocados, bordados, cuentas, plumas, tintes naturales y otros acabados.
“Una fábrica humana” detrás de cada rebozo
La elaboración no necesariamente depende de una sola persona. Distintos especialistas participan en procesos como urdir, dibujar, amarrar, teñir, tejer y empuntar.
Arturo Gómez Martínez, subdirector de Etnografía del Museo Nacional de Antropología, define esta estructura artesanal como una “fábrica humana, una red de oficios cuyo resultado depende del trabajo de varias personas”.
Esta transmisión de conocimientos enfrenta, sin embargo, un reto generacional.
La artista textil purépecha Juana Bravo Lázaro, reconocida con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024 en Artes y Tradiciones Populares, aprendió observando a las mujeres de su familia.
“Nadie me enseñó, puro viendo; así era mi escuela”, recuerda.
Después de trabajar durante años con más de cien artesanas, comenzó a enseñar a niñas y jóvenes de entre 10 y 18 años ante el envejecimiento y disminución de integrantes de su comunidad artesanal: “cuando yo ya no esté, para que el trabajo siga y la cultura siga”.
Innovar para mantener viva la tradición
Las nuevas generaciones también están modificando diseños y materiales sin abandonar los procesos heredados.
En Ahuirán, Michoacán, la familia Bautista incorporó plumas al rapacejo del rebozo; en Tenancingo, Estado de México, Alejandro Vázquez Dorantes ha experimentado con degradados de color.
Vázquez también advierte sobre la desaparición de especialistas en determinadas etapas de producción y resume el valor de estas piezas con una distinción: “el rebozo es costoso; no es caro”, debido al tiempo, materiales y conocimientos especializados que requiere su elaboración.
Arturo Estrada Hernández, artesano de Santa María del Río, San Luis Potosí, pone el énfasis en preservar el método de elaboración:
“Los hilos cambiarán, los diseños cambiarán, los colores cambiarán, pero el proceso debe ser el mismo”.
Museo Textil abre espacio a artesanos y nuevas generaciones
Como parte de esta estrategia, en julio de 2026 abrió sus puertas el Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos (MUT), en la Ciudad de México, concebido como un espacio para vincular innovación, intercambio cultural y reconocimiento de las tradiciones textiles.
Durante septiembre, el rebozo tuvo un espacio especial con el programa Rebozo. De nudos nos cubrimos, que reunió a tejedoras, empuntadoras y especialistas. Entre las piezas exhibidas estuvo un rebozo de la primera mitad del siglo XIX, elaborado en telar de cintura con algodón, seda teñida e hilo entorchado de plata.
En el Estado de México, el Día del Rebozo se celebra el 29 de septiembre, y municipios como Tenancingo de Degollado, Malinalco y Calimaya destacan por su elaboración artesanal. También existe una importante tradición rebocera en Chiapas, Michoacán, Oaxaca, Querétaro, San Luis Potosí, Tlaxcala y Veracruz.
Así, la permanencia del rebozo no depende de conservarlo inmóvil, sino de que los conocimientos detrás de cada pieza continúen pasando de unas manos a otras, mientras las comunidades encuentran nuevas maneras de mantener vigente una de las expresiones textiles más reconocibles de México.


