Ciudad de México.— El repunte de casos de sarampión en México encendió las alertas sanitarias y expuso una disminución sostenida en las coberturas de vacunación, un factor crítico que amenaza con revertir décadas de control de enfermedades prevenibles. Especialistas advierten que el brote actual no es un hecho aislado, sino la consecuencia de años de rezago en la inmunización.
El doctor Pablo Francisco Oliva Sánchez, médico epidemiólogo y profesor investigador del Departamento de Atención a la Salud de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, explicó que el escenario actual responde a una tendencia preocupante. “Antes de los años noventa, México alcanzaba coberturas cercanas al 95 % con esquemas completos de vacunación; hoy rondan el 71 %, muy por debajo del umbral necesario para considerar una enfermedad bajo control”, señaló en entrevista.
Desde la perspectiva epidemiológica, el riesgo es alto. El sarampión es uno de los virus más contagiosos: un solo caso puede generar entre 12 y 18 contagios en personas susceptibles. “Cuando no se alcanza la inmunidad de grupo, el virus encuentra condiciones ideales para propagarse, y eso es lo que estamos viendo”, advirtió el académico.
El seguimiento del sarampión —detalló— se realiza a través de la vigilancia de enfermedades exantemáticas, que permite confirmar casos por laboratorio e identificar cadenas de transmisión. Aunque muchos brotes recientes se originaron en casos importados, el verdadero riesgo aparece cuando el virus llega a comunidades con baja protección inmunológica. “México había interrumpido la transmisión autóctona desde 1995; hoy existe el peligro de que vuelva a establecerse si no se corrigen las brechas”, alertó.
De acuerdo con reportes oficiales, en lo que va de 2026 se han registrado más de siete mil casos y 24 defunciones, con mayor impacto en menores de edad y personas con sistemas inmunológicos debilitados. Sin embargo, Oliva Sánchez subrayó que jóvenes y adultos sin esquemas completos también están en riesgo de desarrollar complicaciones graves como neumonía, encefalitis, ceguera o secuelas neurológicas permanentes.
El especialista también señaló la desinformación como un factor que agrava el problema. Aunque México no tiene una cultura antivacunas tan extendida como otros países, los discursos erróneos surgidos durante la pandemia de COVID-19 han permeado incluso en sectores del personal de salud. “Combatir la desinformación requiere estrategias claras de comunicación basadas en evidencia”, sostuvo.
Finalmente, destacó el papel de la universidad pública en la generación de datos científicos, el análisis de coberturas, la vigilancia epidemiológica y la divulgación responsable. Entre las acciones urgentes, planteó reforzar campañas de vacunación, garantizar el abasto de biológicos, aumentar el financiamiento a la salud pública y fortalecer la vigilancia de casos importados, con decisiones sustentadas en evidencia científica.
“Vacunarse es una decisión individual con consecuencias colectivas. La inmunidad de grupo protege a quienes no lo hacen y reduce la transmisión. Es un acto de responsabilidad social”, concluyó.




